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La señora infiel (Un cuento de Josué Carrillo en este día de los enamorados)

INFIDELIDAD VIRTUAL La señora infiel (Un cuento de Josué Carrillo en este día de los enamorados)

Imagen ilustrativa

 

La señora infiel

I

Muy callada, hasta en la manera de mirar, Zully Terán, vivía en la hermosa edad de los 24 años.

Por la tarde del segundo lunes de enero, mirando el tiempo perderse en el lomo de la calle sintió un sacudimiento al recordar. Se acercaba la fecha que había marcado su vida: 14 de febrero, Día de los enamorados. En segundos su vida cruzó ante sus ojos. Una emoción le aceleró el corazón. El poder de los recuerdos la llevó al pasado y la plantó en la mañana de abril cuando conoció a Rubén Marcos Morantes, su primer amor.

¿Estudias en el Iupal?, le preguntó mientras aguardaban en la fila de las bucetas. Zully no estaba acostumbrada a intimar con desconocidos. Venía de una familia llena de formalidades, de excesivos protocolos heredados de su padre, un empleado de rango intermedio en la corporación de energía. Se llamaba Eulides Terán y era técnico superior en relaciones públicas, adoraba las formalidades, los manuales de urbanidad y las gorras con logos. Tardó en responder, pero, la sonrisa de aquel chico con los ojos limpios y agudos le hizo sonreir, sin poder evitarlo.

Sí, dijo y puso un pie en el estribo de la buceta. Detrás la respiración de Rubén reconfortando su cuello. Le supo cerca, próximo. Como una ráfaga despertó su piel, las mejillas calentaron, los labios hinchados y con un picor deseando un beso. Bajo su falda era lo mismo, o más. Los sentidos como locos, acelerados. Le olía la colonia, el cabello negro, crespo, saturado de juventud, le olía el aliento a menta o hierbabuena, escuchaba su voz como esa, como la misma, idéntica a la de sus sueños. Giró a la derecha sobre la punta de su pie derecho como las bailarinas tomadas del tubo en el techo del vehículo, su otro brazo en triángulo sostenía dos cuadernos y el libro de Mazparrotti. Quedó frente a él a la distancia de un palmo. Miró su sonrisa. Se observó en sus pupilas de paseo por El Mirador. El chico no dijo nada para mirarla mejor. Ligeramente más alto podía ver sus pechos en posición de combate.

Soy del segundo B, dijo.

 Yo del A, respondió.

Al día siguiente, Zully esperó encontrarlo en la parada a la misma hora. No fue. Así varios días. En la casa le notaron abstraída. Largos silencios. Su madre le reconoció el mal desde el principio.

Mi hija está enamorada, Euli, dijo al esposo.

Bueno, dile que al elegido me lo traiga para la casa para que hagamos el protocolo de la presentación. Debemos preparar algo, ir donde sus padres, conocerlos… en fin, es nuestra hija, nuestra pequeña.

¡Ay, Euli tú con tus protocolos!, mira que ya no trabajas en esa vaina, dijo. Ambos rieron.

Le vio el viernes, una semana después. Notó que no llevaba libros.

Hola, linda.

Hola, respondió ella tratando de ocultar las emociones.

¿Me extrañaste?

No.

Mentirosa, apuesto que sí.

No, para nada. Sonríe y es la chica más bella al sonreír. Lo mira y le parece tan seguro, tan maduro, tan hombre, tan caballero para su edad.

Me rindo, dice y agrega: sí, te extrañé, pensé en ti.

Yo también, responde, su mirada mira la sombra de un almendro. Ven, la toma de la mano. Ella sube al cielo, un tropel de cosas le abruman. Presiente tanto de ese momento. Van despacio. Al llegar al árbol él le muestra un corazón tallado a navaja. ¿Cómo te llamas?

Zully. El toma la navaja y escribe Zully y Rubén dentro del corazón.

No le pongas flecha, no le pongas sangre, no le pongas lágrimas. No quiero tragedias, dijo. El chico la tomó fuerte de la cintura, la atrajo, la metió en la órbita de su mundo y la besó.

Tres semanas con Rubén le habían cambiado la vida. Caminatas por las tardes, besos bajo el almendro, encuentros en el liceo a las horas libres, escapadas al Mall. Era el chico de sus sueños, de eso no quedaba dudas. Era comedido y justo. Ni tan tonto, ni tan avión. Intenso cuando se debía. Con cuidados supremos en el manejo de sus manos. Con una medida exacta de hasta donde podía llegar. Zully no tenía que echar manos de los consejos de su madre en los momentos acalorados. Esos donde las urgencias nublan la mente y se es capaz de de cometer cualquier locura. No tenía necesita de zafarse en los besos donde quedaba entre la espalda y la pared o mejor dicho entre la pared y el muchacho gobernante de sus deseos, de sus pasiones de chiquilla ya entrando en mujer, ya inquieta, ya curiosa por ir más allá. Rubén sabía controlar las situaciones sin atropellar, sin faltarle.
Por las noches su madre, Morena Labrador, le busca conversación con un único tema: Rubén. Había confianza entre ellas para hablar como amigas. Era sutil la madre para tratar asuntos de mujeres aunque cortante, directa y precisa. Llamaba a las cosas por su nombre y ponía en evidencia estar un paso adelantada a lo que su bella hija estaba viviendo. Así le dijo en la noche de miércoles “Euli dice que ya es tiempo de que traigas a tu chico a la casa. Almuerzo el sábado a la 1 pm puntual. Ya sabes como es él”. Zully se quedó pensativa por unos momentos y respondió “está bien, mami, Rubén vendrá el sábado”.

A las 12 y 45 minutos del sábado, Rubén llamó al timbre. Eulides Terán había dispuesto el protocolo para la ocasión. Bebidas refrescantes: te con duraznos y limón y agua de Jamaica helados. Fue a recibirlo con Morena, radiante en una blusa con los colores de un azul-amarillo atardecer.
– Buenas tardes, soy….
– Rubén – dijeron al mismo tiempo Euilides y Morena. El chico sonrió nervioso. Pases adelante, joven – Eulides seremonioso – Llevaba camisa a rayas delgaditas y rojas con las mangas empuñadas dos veces. Peinado el cabello, lustrados los zapatos. Una fragancia de hombre, algo así como Tommy. Eulides le efectuó un primer escaneo. No había caja de cigarrillos en los bolsillo, ni encendedores, no masticaba chiclet y miraba directo a los ojos al hablar. Miró a Morena y ella advirtió que le estaba agradando de entrada.
Zully salió de su cuarto en jeans ajustados, franela en tiros, y dos centímetros del abdomen descubierto. Cabellos en cola que le hacían ver mucho más alta, tanto que su padre miró a los pies para ver si llevaba tacones. “Vaya que ha crecido mi niña”, murmuró. Morena y Zully le entendieron la voz hacia dentro. Ella se acercó a Rubén. El la tomó delicadamente. Se besaron en las mejillas. Conversaron sobre deportes e inflación. Pasaron al comedor. Eulides había dispuesto las sillas de la siguiente manera: Morena a su lado izquiedo y Zully al lado izquierdo de Rubén. Padre e hija de frente y Morena frente a Rubén.
Pocas palabras. Apenas elogios a la cocinera. Eulides observaba a Rubén. Media sus movimientos. La disposición de su vaso de agua a las 2 en punto del plato. El uso apropiado del tenedor y el cuchillo. Zully también detalló verle cortar la carne tierna. Le parecía escuchar a su padre enseñándole: “suave hija, suave, deja descansar el filo del cuchillo sobre la carne, no le presiones, no es tu fuerza, no es tu mano, no vas a desmenuzar, vas a cortar, deja que el filo corte, suave, no apures, no hay prisa, vas a comer, vas a disfrutar del bocado y esperarlo forma parte del placer de comer, suave hija ¿ves cómo cortas?”. Así lo hacía, Rubén. Ella sabía que su adorado novio había pasado la prueba de fuego.
Antes de marcharse, Eulides sostuvo un diálogo que más bien fue un interrogatorio.
– ¿Qué hace tu padre?
– Muchas cosas, señor.
– Me refiero a ¿de qué viven?
– Comerciante, señor
– ¿Qué tipo de comerciantes?
– Como todos, señor, compramos y vendemos.
– ¡No me diga que son bachaqueros!
– Jajajajaja, no, señor
– ¿Podemos conocerlos? ¿Visitarles?
– Si, señor, les diré para hacerles la invitación.
– Tienen 20 minutos para despedirse, dijo. Zully tomó de la mano a Rubén.
En la cama, sentado al borde, Eulides miraba desvestirse a Morena con la misma atención de cuando tenía 28 años. Veía la belleza de sus hombros quedar al descubierto, la espalda en lunares regados como señales donde eran recibidos los besos, la cadera amplia y el contorno donde se ciñe la ropa interior y marca el lindero, el territorio de la gloria. Su sexo, tantas veces poseído, tantas veces para él y siempre anhelado.
– TE AMO, Morena, mi morena, le dijo y ella movió por dentro sintiendo que su voz le quemaba.
– ¿Qué piensas de Rubén?, preguntó mientras se acomoda en la cama para tumbarse en su pecho.
– Es un caballero en la mesa. Es educado… me asusta que sea tan perfecto. Ven, la hundió en su pecho, buscó en su boca el silencio y se amaron como dos chiquillos, como solamente se pueden amar quienes se aman.

II

La Zully mayor abre la nevera en busca de una manzana. Helada ve una botella de vino chileno rosado. Le apetece. Toma una copa y va a un cómodo sillón, se sienta, queda mirando por la ventana hacia la calle. Un grupo de chicos van haciendo bromas, salen del liceo, se toman de la mano dos parejas con tanta naturalidad. Sus pensamientos la llevan a momentos especiales en la vida y, al mismo tiempo, nota que toda alegría le ha traído casi que simultáneamente su parte de dolor, de desdicha. Así recordó aquel viernes de marzo de su encuentro con un Rubén inesperado, jamás imaginado por ella y que le pondría fuera de su vida al costo mismo de sentir desgarrada su alma, su vida misma.

Pasaron la tarde juntos. Eulides y Morena después del almuerzo para conocerlo fueron mas permisivos. Confiaban en Zully y en el muchacho quien daba muestras de respeto y buenas intenciones. Fueron a la plaza y al caer las 6, Rubén le invitó a Cuevita, un lugar para bailar. Se divirtieron a más no poder. Zully llamó para decir que llegaría después de 9. Zully se encontró conocidos en el lugar, les presentó a Rubén quien se mostró espléndido. A las 8: 30 salieron.

Vamos caminando por la 76, dijo y tendió su brazo por la cintura de Zully para ir juntitos. Había llovido.Las calles mojadas, las laras en Las Laritas escurrían agua. Un friito sabroso como el de Mérida. La luna a lo alto menguada. Autos distanciados hasta no pasar ninguno. La 76, una anterior al bulevar era calmada. El tráfico fluía en la anterior y en la posterior 77 y 78. Pasaban por la sede de Corpoenergía cuando se puso pesada la oscuridad. A distancia se escuchó una moto acercarse. Rubén colocó a Zullly a su izquierda y en la acera, él en el borde con la calle. La moto les iluminó, pasó unos 20 metros, giró, regresó, deslizó en diagonal, frena y les cierra el paso. El parrillero se baja pistola en mano. Apunta a Rubén, se aproxima. El conductor de gorra de los Yanky desmonta ágil y tomá a Zully por el cabello.

¡Te jodiste, chamo!, dice el tipo que le apunta ya cuerpo a cuerpo.

Dejen a la jeva, no tiene nada que ver, dice con frialdad. Zully llora sin poder gritar. Rubén mira a los ojos al malandro que le apunta. Le ve al fondo el miedo, ve que tiembla. Mete discreto su mano izquierda en el bolsillo y saca un arma, con la derecha aparta de un golpe la pistola con el cañón amenazante, en segundos se mueve como gato, derriba al pistolero y clava la navaja hasta la empuñadura en el corazón, balbucea, la sangre tibia le baña el pecho, Zully ve en cámara lenta, sin sonido, el parrillero está atónito, ella por instinto le muerde el brazo casi hasta arrancarle el pedazo, el parrillero la suelta, se paraliza un momento, luego corre a la moto y se pierde. Rubén desencaja la navaja, la limpia en pantalón, abraza a Zully, “calma, nena”, le dice. Oprime la pantalla táctil de un teléfono que Zully se entera que lleva por primera vez. “Vente rápido, estoy detrás de Corpoenergia”. Minutos para aparecer una camioneta Fortuna negra. Se estaciona como en las películas. Un hombre de chaqueta, pistola en el cinto baja, abre la compuerta posterior, con ayuda de Rubén levantan en peso al muerto, lo echan como fardo en la camioneta. Zully aterrada. Rubén la ayuda a subir.

¿Maneja usted patrón?, pregunta el enchaquetado pistolero.

No dale, vamos a llevarla a ella a su casa. En el camino, Zully se calma, su mente niega aquello que ha vivido.

¿Y ese?, pregunta el enchaquetado

El mochuelo, pensó que me iba a dejar pegao, dice Rubén. Zully no le reconoce. Llegan a la casa, Rubén baja y le abre, de prisa pero cuidando de no verse desordenado. Le besa en la mejilla. No espera que abran la puerta. La camioneta arranca. Zully cruza la sala en dirección a su habitación. Necesitará dos horas y media para poder volver a la normalidad y contarle a su madre lo sucedido.

La niña que pasó como rayó a su habitación no era la misma de hacía pocos días. Apenas si dijo “ciooon papi, ciooon mami” dejando herméticamente cerrado de un portazo. Se escuchó el botón de la cerradura. Eulides y Morena estaban intrigados. En la cama matrimonial cada uno esperaba del otro iniciar el diálogo. Morena fue al baño a quitarse el maquillaje y ponerse en ropa de dormir. Eulides tomó un libro de citas memorables. Calzó los anteojos e hizo como si leyera. Morena caminó descalza a la cama en una suave bata abierta en el centro de manera que era más como una capa que como un vestido. Llevaba ropa interior seductora. Eulides contempló sus formas más que todo esa manera de caminar. Venía en el más absoluto silencio, pero, diciendo mil cosas, trayendo a su pensamiento cientos de recuerdos. Eulides la miró ya no ahí, ya no en ese momento. Estaba transportado 20 años antes cuando, Morena, esa mujer formidable había ido a parar a sus brazos sin buscarla, sin conquistarla, sin seducirla y también sin que le amara. Porque, Morena, se refugió en Eulides después de una ruptura, de un un rompimiento, después que Antonio Vale jugó con sus sentimientos, la engañó dejándola burlada. Morena encontró a Eulides, primero como el mejor amigo y después como su marido a quien con los años aprendió a amar.
– ¿Qué pudo haberle pasado, querida?, dijo, Eulides sin poder aguantar la incertidumbre.
– Pues pudo pasarle cualquier cosa, menos lo que tu estás pensando, Morena, parca.
– ¿Cómo estás tan segura de que ellos no…?
– Porque es mi hija, Eulis, porque Zully en la envoltura es idéntica a ti, pero, en su interior, en su manera de pensar, de ser es igual a mi. Yo sé todo lo que pasará en su vida, su destino es el mío, es como si en ella yo viviera otra vez.
– ¿Cómo sabes, querida?
– Por la facha que trajo, mira, Eulis cuando yo lo hice por primera vez no tuve esa cara. ¡Me hubieses visto! Me reía sola. Andaba como en espuma. Escuchaba las personas hablar lejos. El estaba en mi nariz, en mi boca, en mis manos, entre mis piernas, en el vientre. Mi cuerpo todo era un baile, una orquesta. Me removía al pensarlo y eran incendios. Eulis si nuestra hija hubiese estado con ese chico, si Zully hubiese conocido lo que es el sexo esta casa retumbara, hubiese entrado hablando como loca, sin poder parar, con sus ojos en fuego, queriendo desviar nuestra atención para que no le notáramos los pasos. ¿Sabes que todas las mujeres creemos que al caminar nos delatamos?.
– Me entero. Eulides cavilante, con un peso del pasado aplastándole el respirar. Triste de no ser, de no esta en ese pasaje de la vida de Morena.
– ¿Y qué piensas que pasó?
– Está asustada, tiene miedo. Algo me la asustó, pudo ser un choque, pudo descubrir algo de Rubén, le pudo venir el periodo dejándola apenada por no llevar previsiones… en fin.
– ¿Quieres que vaya a hablar con ella?
– No, mi vida, ya no es una bebita que la asustan los truenos. Es una mujer hecha y derecha y no te abrirá. Mañana sabremos, Eulis. Se recostó en su pecho dejando caer lento y delicado su cuerpo. Quitó los lentes, besó su frente, sus párpados cansados. Lo besó con dulzura de esposa, con cariño de esposa para dormirse pronto. Eulides estuvo horas mirando la oscuridad. Ella dormida dijo “te amo, Eulis, mi amor”. Eso le llenó completo, le corrió por su interior… le puso a soñar la felicidad.
La mañana siguiente, Morena, espero ver mas tranquila a su hija para conversar.
– ¿Qué pasó anoche, Zully?, directo.
– Nada, mami.
– Nada y entraste sin color ¿qué me escondes?
– Nada, mami. Se me rompió la correa de un zapato y me dio rabia, eso fue todo.
– ¿Rubén por qué no esperó que entraras como siempre?
– Iba de prisa, mami, se estaba haciendo pipi.
– Bueno, no tengo razones para desconfiar de ti, Zully, hemos sido amigas, me has contado todo como yo te he contado todo, espero que esto no sea el principio de una mentira en la que voy a atraparte, tarde o temprano.
– Lo sé, mamí, por cierto, el viernes iremos a la casa de Rubén a conocer a sus padres.

III

¡Quédate aquí, no tardo!, dijo Rubén al enchaquetado empistolado quien abrió cuatro dedos la ventana de la camioneta para fumar y dejar salir el hedor de la sangre, las pecuecas del Mochuelo, el sudor exhalando un tufo intenso. Así debe oler el miedo, pensó. Era un hombre acostumbrado a lidiar con esas situaciones. Ni una sombra de impaciencia. Estaba seguro en aquella fortaleza de paredones altos y garitas en las esquinas alumbradas. Antes había sido la sede de un consulado. Ahora era la casa de Ernesto Morantes, adinerado, poderoso, de vida discreta, con un manejo de los hilos del poder intrincado. Amigo de autoridades y amigo de jerarcas de los bajos fondos. Refinado para algunas cosas, rudo para otras, implacable casi siempre.

¡Viejo casi me joden!, dijo Rubén con los ojos expresivos.

¿Quién?

Mochuelo y Richita. Tuve suerte, Mochuelo no tuvo los cojones y lo dejé pega’o.

¿ Y Richita?

Se piró en la moto. Vamos a buscarlo, viejo, además en la camioneta tenemos al Mochuelo frito.

Espera, ve y cámbiate esa ropa, debo hacer una llamada.

¿Raúl?

¡Épale, compadre! Como pa´qué soy bueno.

Un favor, Raulito. Páreme a Richita. Quiero saber dónde está, pero, ya mismo, quiero ir por él yo mismo.

Oiga, Don Ernesto hay gente pa´eso. Se lo mando en cajita con lazo y todo si quiere.

No, compadre, dime dónde lo ubico, lo demás lo hago yo.

Un segundo, contacto a la gente, pendiente que se lo picho por un mensajito.

Ok, espero, hay prisa.

Ernesto Morantes leía un libro. Dobló la pestaña en la parte superior derecha. Lo colocó con cuidado sobre una mesa de fino acabado. Abrió la segunda gaveta. Sacó una pistola Glock, la rastrilló, verificó la carga, enfundó con destreza. Rubén presto en una chaqueta, zapatos tenis, una pistola sobre la ingle.

¡Vamos!, dijo Ernesto.

Vamos, dijo Rubén.
El chico se montó en el puesto de atrás. Ernesto Morantes de coopiloto.

Dele para la “S”, está donde la gocha Máryori.

¿Cuántos, mi Don?, preguntó el enchaquetado.

De 3 a 5, no más.

¿Nos esperan?

Ni pendiente. Hoy se mueren.

Jejejeje, el enchaquetado rie, relame, acelera su pulso, activa la adrenalina.

Richita es mio, viejo, dijo Rubén.

Veremos cómo se mueven, hijo.

Calle oscura. Vallenatos de Peláez. El enchaquetado apaga las luces de la camioneta, desacelera, marcha despacio. Un portón sin el candado. Estantillos como pilares.

Esa es la moto, Rubén inquieto.

Esta será la operación – Ernesto Morantes convincente – tu, Roque abres el portón y vas pegadito a la pared por la derecha. Rubén por la puerta principal, debe estar abierta, si no la tumbas de una patada, yo por la izquierda me cubro con las bombonas.

¡Vamos!, Ernesto.

Vamos, Rubén

Vamos, Roque.

En la mesa de plástico seis botellas, dos cajas de cigarrillos Universal y un plato con migajas de pan, huevos revueltos tipo perico. Richita fumaba. Al lado del equipo, Maneto frente al Duglitas. A la derecha de Richita con un CD de Dadee Yankee en las manos, Tallarín. Todos con yerros. Ernesto Morantes saltó de entre las sombras, puso quieto a Richita y Tallarín. Maneto y Duglitas intentan echar mano de sus revólveres. Roque les grita desde atrás ¡hey, hey, hey quietos o los quemo!. La puerta caer de una patada. Rubén corré por el pasillo y ve en el cuarto a la gocha Máryori desnuda, piernas abiertas y sexo en la ciénaga de una orgía.

Maldición, grita Richita al verlo, agrega puta madre. Segundos para tomar el arma, no hay salida, esa se la puso el destino así. La mano se mueve, toma, trata de apuntar a Ernesto cuyos ojos iracundos le matan más que las mismas balas. Rubén dispara a lo prionto, le acomoda ligero a la izquierda de la frente el balazo. Roque parece jugar Nintendo, deja frios a Maneto y Duglitas. Ernesto se encarga de Tallarín metiéndole una bala en la boca que maldice, que llora, que lamenta de la maldita vida.

Trae al perro de Mochuelo, ordena Ernesto. Rubén y Roque lo arrastran, lo arrojan cerca de la moto. La gocha Máryori no despierta del letargo por la marihuana y la piedra. Ernesto Morantes se cerciora de que nadie respire.

¡Vamos!, dice.

Vamos, Rubén.

Vamos, Roque. Mañana va a estar bueno “Mi diario”, dice, espera una risotada, silencio recibe a cambio.

Nos queda poco tiempo en este bonito país, hijo, dice Ernesto mientras la noche se hace más helada y más desalmada.

IV

Morena puso sobre la cama tres combinaciones de ropa. Se debatía en la imagen reflejada para esa invitación a la casa de Rubén. “No quiero parecer extravagante, ni muy casual, ni muy elegante”, dijo para que Eulides la oyese. Vestido, falda y blusa escotada y pantalón con blusa de cuello abierto en v. Su cadena con el dije con la M y la E entrelazados. Dos pendientes luminosos, discretos. Su anillo de solitario. La pulsera, el reloj. Eulides no dudó en llevar camisa blanca, pantalón de vestir y corbata anudada al estilo inglés. Decidió no llevar chaqueta. Morena terminó escogiendo la falda que resaltó su belleza al subirse en los tacones de unos zapatos que en sus pies eran joyas. Zully en jeans, franela Hello Kitty, tenis de marca tipo botín, cordones desanudados. A las 6 en punto salieron en la Century de Eulides, uno de los pocos lujos que se podía dar. Se les hizo fácil llegar. Morena conocía el sector porque había trabajado a pocas cuadras en las oficinas de Shell. “Es la casa del Consulado”, dijo, Eulides. Roque les esperaba a la entrada. Ordenó abrir el portón. Estacionaron bajo la sombra de un árbol frondoso que no supieron distinguir entre ceibote o roble. Otros autos nuevos elegantes, deportivos y rústicos estaban bajo un techado. Zully vio la camioneta de la noche cuando les asaltaron reluciente. Se notaba el lavado reciente. Faroles en un jardín de sillas sembradas, helechos y rosas, margaritas y petunias. Una luz amarilla por el camino que conduce a la entrada. Un sapo grande de cerámica en la grama de lochitas, Gomez escrito en su lomo con marcador. A Zully le hizo gracia porque era el apellido de un muchacho del liceo muy dado a delatar las maldades en clases.

Ernesto Morantes en guayabera blanca de mangas largas y barba acicalada, les recibe bajo el dintel.

Buenas noches, señores, sonriente, adelante.

Eulides Terán para servirle, mi señora…

Morena, un placer, ya conoce a nuestra hija, Zully.

De referencias de mi hijo, señora, pero, veo que se ha quedado corto en describirla a ella y a usted, Ernesto en una voz cálida. Eulides empezó a buscar en sus recuerdos aquella voz. ¿Habla como Héctor Máryeston?¿Como Luis Gerardo Tovar?. Morena atinó era la voz de Martín Lantigua.

Vino en copas altas trajo en bandeja una criada. Rubén bajó por una escalera de caracol. Sonriente les saludó, besó a Zully en la mejilla y la atrajo a su lado. Eulides le abrazó cordial.

Cenaron vegetales y milanesas de pollo. Una chica delgada y labios rojísimos tomó el lugar de la señora de la casa segundos antes de comenzar a comer. Ofreció disculpas.

Ella es Rebeca, una amiga apreciada que nos visita unos días, dijo Ernesto.

¿Su señora no está?, Eulides, sin rodeos.

Soy viudo, amigo. Rebeca por tiempos viene a curarme un poco la soledad.

Rubén no me quiere como madrastra. La chica ríe con picardía. Todos ríen.

Del comedor parten a un salón Eulides y Ernesto. Zully y Rubén van al jardín. Morena conversa con Rebeca en una sala de muebles confortables. Eulides admira el arte en las paredes, queda vislumbrado con una colección de gorras de beisbol de equipos famosos. Se acerca.

¡No puede ser!, exclama, están firmadas.

¡Y dedicadas!, amigo.

Esta es de… Galarraga ¡por Dios!, Eulides emocionado.

Hay otras cosas que van a gustarle, amigo.

No me llame más amigo, dígame Eulides que yo le llamaré Ernesto.

Hicieron buena sangre Eulides y Ernesto. Volvieron donde estaban Morena y Rebeca. Se sientan. Morena cruza una mirada con Ernesto. Le parece envolvente el perfume que usa. Le resulta impecable y seductora la barba a lo Omar Shariff. Cruza las piernas y medio muslo se revela, el zapato en el aire apuntando sensual, una cadena en el tobillo a lo Shakira. Rebeca percibe los impulsos, conoce la mirada de Ernesto, sabe que ha quedado arrobado por aquella pierna que se eleva provocadora, arrogante. Eulides carraspea, le incomoda tener una mujer tan mujer, tan hermosa que perturba.

¿Un trago, Eulides?, Ernesto sacándolo de su trance.
¡Por supuesto!
Toman unas copas. Varias llamadas al celular de Ernesto resueltas de la siguiente manera:

¿Pedro?
Sí.
Hazlo.
¿Norman?
Sí.
Hazlo.
Mario, bien Mario, no lo hagas.

Roque llama a los chicos. Se despiden. Abrazos entre Eulides y Ernesto, entre Morena y Rebeca. Ernesto estrecha la mano de morena, se inclina, acerca sus labios a la mejilla, le besa, le siente, le respira. Morena conduce aquello con la total normalidad, pero, nada es normal, ella sabe que nada es normal, ella sabe que aquel hombre le ha desnudado, le ha tomado como presa, ella ha fantaseado, ella ha querido verle a solas… y entonces, la voz de Eulides le duele.

V

¿Para dónde nos lleva la vorágine de la vida? ¿Qué destinos se cruzan al paso? Una Zully abrumada de recuerdos pierde la mirada en la penumbra de un pasillo. Los ecos de la calle se repiten en tres habitaciones vacías. La casa ya sin hijos se hizo tan grande y sin voz propia. Había días que ella entraba a cada habitación para verla cómo la habían dejado los chicos al crecer, al marcharse, entonces, encendía los tres televisores en esos canales inamovibles. Se metía en la cocina en su rutina y escuchaba los tres aparatos. Su imaginación agregaba risas, ruidos, pleitos. Desde el lavaplatos les gritaba ¡Cris, Daniela, Rubén quietos!. Esos nombres le devolvían la vida.

La aroma del café con leche trajo a la mesa a Morena y a Eulides. Desayuno de sábado, abundante, variado. Eulides despertaba a las 7 puntual, calentaba la leche, hacía el café. Nunca añadía leche fría al café, ese era un secreto de la abuela, tostaba el pan. Morena se sumaba a la labor para hacer las arepas, tostaditas, con las manchitas marroncitas del budare, rayar el queso, poner hielo al jugo de naranjas si no estaba helado. Antes se acercaba a Eulides, le besaba, le rodeaba con sus brazos, le saturaba de cariños. Así también fue esa mañana. A las 9 se sentaba a la mesa, Zully. Su padre leía el periódico, esperaba que todos terminaran de comer para hacer siempre un comentario, reclamar, discutir o celebrar, guardando ese cuidado de llevar las cosas como si fuese la presentación de los premios regionales de la industria y el comercio. Zully esperaba esa conversa con ansias. Su padre hablaría de la visita a casa de Rubén. Sabiendo cómo era no dudaba le daría el visto bueno o el repudio sin rodeos, al grano.

Morena,Zully, queridas, no creo que convenga a esta familia emparentarnos con el señor Morantes. Es una mala decisión que nos podría pesar toda la vida. Lamento que mi niña haya tenido este inicio en el amor, pero, es mejor prevenir las cosas antes que lamentar después.

¿Qué no te gustó, Eulis?¿Te molestó que el Señor, Ernesto me comiera con la mirada, que me desnudara? Su voz me hipnotizó, querido. Me parece un hombre distinguido, ocupado, inteligente, informado, culto, seguro de si mismo, jovial, encantador…

¡Ya mujer, no hace falta que me detalles tanto como te ha vuelto loca!

Estás celoso, Eulis, jajajajaja.

¿Papi por qué piensas que ellos son malos para nosotros?, Zully con interés.

Hija, ese hombre es el prototipo de un narcotraficante. Sacude el periódico, lo palmea, agrega, aquí se ve de cada rato historias de esos señores.

¿Y si fuese lo contrario?, Morena.

¿Cómo lo contrario, mami?, Zully.
Un policía, una especie de espía o agente de la Dea, de la Cia, del FBI. Ya sabes, tu madre es una aficionada a James Bond.

¿Podría ser las dos cosas?, Morena.
A eso quiero llegar. Me late que ese elocuente Señor, Morantes es un perro de la guerra, un mercenario, una vaina combinada de pillo con policía. Y fíjate que en mi familia siempre he rechazado a ambos. Tengo razones. Miren esto, por ejemplo – Eulides extiende la página de sucesos del diario- ¿Ven?. Una brigada de policías ha matado a esta belleza de criatura. Karen Berendique, de 19 años, hija del Cónsul de Chile, asesinada a balazos en la madrugada del 16 de marzo.

¡Dios santo!, Zully observando la página.

Ahora, aquí abajo ¿ves? “Cuatro hombres y una mujer localizados ajusticiados en El Palotal”.
¡Coño!, Zully suelta la insolencia, se avergüenza con su padre. Observa los cuerpos, reconoce a Richita y a Mochuelo.
¿Qué te impresiona, Zullly la chica, Berendique?
– No, papi, todo, en realidad todo.
– Bueno, aquí tienes mis argumentos. Los policías por un lado matan a una chiquilla inocente y, por el otro, los delincuentes se ajustan cuentas entre si. Aquí dice que los conocen por los apodos de Richita, Mochuelo, Tallarín, Maneto y La gocha Máryori. Policías y mafiosos son lo peor, ahora se imaginan la combinación de ambos y, eso, sospecho sea el galantísimo, Señor, Ernesto.
– Es que tu sacas unas conclusiones, Eulis. ¿Y si se trata de un profesor jubilado, de un senador de la cuarta, de un adinerado Ecuatoriano, Gutemalteco, Peruano ¡que se yo! que vino buscando lo bueno de vivir en Venezuela?.
– No, Morena. El Señor, Morantes usa un encendedor bañado en oro con las iniciales PV. Esas son las iniciales de su verdadero nombre. Dudo que se llame Ernesto y que Rubén sea Rubén. Si no te diste cuenta ordenó vainas raras por el celular y debajo de la camisa, llevaba una pistola como las que usan Jhon Travolta y Nicolas Cage en Contracara. ¡Es un mafioso, Morena!
– ¿Qué piensas hacer, Zully?
-Estoy totalmente de acuerdo con papi, mamá. Lo que tengo con Rubén llega hasta aquí. No quiero aparecer metida en un pote de basura o que me den mis pepazos. Ya me llevé el primer susto. Lo quiero mucho, creo que lo amo, pero, mi vida, mi familia que son ustedes están por delante. Quebró la voz, bajó la mirada y se fue llorosa a su cuarto.
– ¿Y tu?, Eulides a Morena
– ¿Yo qué, amor?
– Nada, solamente elucubrando cosas. Eulides entrecejo inclinado. Toma agua para arrastrar de su garganta un mal recuerdo que lo arropó de pronto. Morena le tomó las manos y le dijo “nunca te dejaré por nadie así me mates”
VI

Cerca de las 11, Eulides, dejó a Zully en el salón de belleza. Continuó hacia la avenida Fuerzas Armadas por el canal lento de Las Delicias. Enfocó las dos ventanillas del aire acondicionado de su ranchera Céntury al rostro para contrarrestar el sol que a esa hora quemaba sin quemar. Sacó del estuche de CDs uno de Gloria Estefan. La cubana, hija del guardaespaldas del dictador Baptista, acariciaba con sus voz. Eulides decía a menudo “a Gloria Estefan se le perdona todo al escucharla cantar”. Dos canciones le llegaban profundo a Eulides y le hacían devolverse en el tiempo. Los años que me quedan y Ayer encontré la flor que tu me diste. Cantaba, Eulides, atendiendo las luces de los semáforos, el pasar veloz de los motorizados. Sin amarguras en el alma, sin resíduos de un mal pasado, Eulides, volvía a probar los besos calenturientos de Romana, la chica de su primer amor, a quien pensó como madre de sus hijos, a quien perdió de una manera tan absurda. Romana murió a los 16 en un viaje a Mérida. La mató “el mal del páramo”. Extrañamente, las canciones de Gloria Estefan le ampalmaban a Romana con Morena. Cada una en tiempos distintos, en afectos distintos. Pensando en Morena “Ayer encontre la flor que tu me diste/ Imagen del amor que me ofreciste/Aun guarda fiel el aroma, aquel tierno clavel”. Pensando en Romana ” Regresa por favor pues la vida es muy corta/Salgamos de la duda y del rencor/Muy bien dice el cantor, lo pasado no importa/De todo nuestro orgullo es lo peor”. Dos motorizados le rebasan a ambos lados. Se juntan frente a su auto y se separan. Queda a un lado, perdiéndose la imagen en los espejos El Fogón de Jesuíno Brito. Eulides detalla las vestimentas, las chaquetas, las botas altas, los bultos en el cinto. “Van armados”, piensa. “Uno es zuro”, deduce por la semblanza de la pistola del lazo izquierdo. No le preocupa. Nada teme. Como jefe de Recursos Humanos y protocolo qué enemigos podía tener, sin embargo, en los años que trabajó para la Agencia de Seguridad y Defensa le obligaron a tomar cursos, especialmente, aquellos enfocados en observación, análisis de procedimientos, toma de decisiones, supervivencia. Eulides era un observador de los mejores. Frente a la clínica Nueva D’ Empaire cruza un Audi celeste metálico, vidrios ahumados. Eulides cree reconocer el auto ¿pero de dónde?. El auto va despacio. A la altura de La Paragua uno de los motorizados aparece zigzagueante por el flanco izquierdo, el otro por el derecho. Eulides percibe tensión, su olfato no le engaña, el entrenamiento fresco en su mente. “¡Coño, ese es el carro de Don Ernesto!”, grita, añade “carajo, lo van a sicariar”. Los motorizados avanzan como perros. El de la derecha es repelido por una lluvia de balas. El de la izquierda busca precisión y quemar al conductor a poco menos de un metro. Eulides no lo duda, acelera su Céntury ranchera, el sonido de los cauchos pone de punta los nervios, enfila sosteniendo el volante con fuerzas, tumba en seco al motorizado quien dispara en la caída al aire, se abre la puerta del Audi, Ernesto Morantes sangra por la manga derecha, recarga la 9 milímetros, dispara al motorizado quien trata de incorporarse, de cumplir su objetivo, la sangre se le agolpa en la boca, se retuerce, tiembla, se queda quieto, muy quieto, con esa inmovilidad de los muertos.
Eulides estaciona.
– “¡¿Esta usted bien?!”, grita, añade El otro va herido, debe caer por allí cerca.
– ¡Le debo la vida, Eulides! Me ha sorprendido con esa maniobra. ¿Dónde aprendió manejo defensivo, amigo?.
– Se algunas cosas, Ernesto. ¿Viene solo?, interroga, preocupado de que hayan heridos. La puerta izquierda del Audi se abre y sale Morena en traje negro, cabellos sueltos, la gargantilla que le había regalado en su aniversario de bodas, el séptimo aniversario para ser exactos. Va hacia a Eulis, le abraza, llora, le dice “mi Eulis, me has salvado la vida por segunda vez”.
– No sabía que estabas con el señor, Ernesto, Morena. Había disgusto porque única y exclusivamente, Eulides llamaba Morena a Morena si estaba bravo.
– ¿Para dónde iban?
– Me invitó a almorzar, cariño.
– ¿Y de dónde venían, Morena porque saliste antes de las 6 am de casa?.
– ……. silencio, … luego discutimos eso.

Los policías cundieron el lugar. Demarcaron con sus cintas amarillas. Pusieron en cículos los casquillos o conchas de bala más por imitar las películas que por saber, realmente, qué hacían. Un coordinador de grupo se acerca a Ernesto. Conversan. Ernesto saca del bolsillo una especie de pasaporte, una libreta con un sello dorado como de Agregado Diplomático. El oficial se pone a la orden. Roque llega en la camioneta con Rubén. Se marchan. Morena no sabe si ir con Eulides o con Ernesto. Eulides no le da tiempo a pensar y arranca solo apagando a Gloria Estefan y con dos lágrimas cortando el surco de sus mejillas, con algo hincado en el alma…¡si seré cabrón, dice!.
VIII

Desde donde estaban, Zully y Rubén podían ver un ventanal y a sus padres con Rebeca. Piedras en lajas sobre la grama. Olor a plantas, flores, olor a jardín. Mariposas en pares. Un colibrí sobre las rosas. ¡Mira, mira, mira!, Zully maravillada por el batir de alas, por el azul de metal. En el ventanal, Morena, se levanta, camina a la derecha, sostiene una copa. En triángulo con Eulides y Ernesto.
– Tu madre tiene a mi viejo embobado.
– ¿Y a ti?, Zully en voz apenas audible.
– ¿A mi?, pues a mi me cargas loco tu.
– Mi madre es mas bella que yo.
– No estoy de acuerdo. Ella es una mujer exagerada para mi gusto. A mi me gustas tu, así como eres, delgadita, delicadita y, bueno, tienes tus cositas. Le mira pícaro los senos.
– ¿De verdad te gusto?
– ¡Mucho!
– A mi también me gustas, Rubén, pero siento tanto miedo. ¿Qué pasó esa noche?¿Vi en la prensa a los dos de la moto y otros mas muertos? Mataste a un hombre, Rubén. Le hundiste la navaja en el pecho, Rubén. Eres un matón, Rubén. Y mira lo tranquilo que estás. Como si nada.
– Maté por ti, para defenderte a ti, si no me la juego en Palotal hubiésemos estado nosotros dos, Nena. De los demás no te preocupes, mi viejo arregló todo.
– ¿Quiénes son ustedes, Rubén?¿Qué hacen?¿De qué viven? ¿Acaso son mafiosos, narcos, gente mala?. Zully angustia en su voz.
– No, nada de eso, Nena. Estamos del lado de los buenos. Mi padre es un alto funcionario anti narcóticos. Estuvo en misiones de inteligencia en Colombia, Costa Rica, Honduras, España. En Cololmbia mataron a mi madre. Una emboscada. Cayó en el cruce de disparos. Ella era también agente pero de Colombia. Cuando ella murió mi padre se dio de baja. Se dedicó a asesoramiento en seguridad. Creó una empresa especializada en custodia y rescate de secuestrados. A eso vinimos a Venezuela. Lo contrataron para encontrar al hijo de un amigo. Las cosas salieron tan bien que decidió quedarse, pero, lo de esa noche ha cambiado los planes, Nena, aparte de que hay una oferta muy buena en México, en pocos días nos iremos.
– ¿Te vas?, Zully triste.
– Si, Nena, me voy, me jode que sea ahora cuando he conocido a la chica de mis sueños, a la mujer de mi vida, pero, no podemos caernos a mentiras, debo seguir al viejo donde vaya, somos los dos pa’ lo que salga.
– Yo pensaba en decirte que dejáramos hasta aquí eso que va comenzando. Estaba tan asustada. Ahora vienes a decirme que te vas, yo pensando en “cortarte” y me “cortas”…
– No, Nena, no te estoy “cortando”.
– ¿Entonces, me llevas?
– ¡Ni loco te llevaría a México!. Allá habrá plomo, Nena.
– Me dejas ¿ves que no me amas?
– Si no te amara te llevara conmigo, si no te amara me importaría un coño lo que pasara, si no te amara te llevaría y después tendrías que arreglártelas, pero, Zully, Nena yo te amo y no voy a exponerte donde hay peligros, si algo te pasara moriría. Mi viejo me lo dice a cada rato “oye, no más mujeres muertas, con tu madre es suficiente”. No te llevó porque te amo, Zully, prefiero el dolor de dejarte al dolor de perderte.
– ¿Y qué será de nosotros?
– Vendré a buscarte cuando vayamos a un lugar mejor.
– ¿En cuánto tiempo, Rubén?
– No lo sé. Silencio. Rubén la acerca. Ella esconde su rostro en su pecho. Levanta tocándole la barbilla. La mira como ave frágil. La mira con sus labios a la espera de un beso. El pecho palpitante. Las mejillas en ardor. Los labios se buscan descifrando solos los laberintos.
– Si te vas, entonces, hazme tuya, quiero regalarte mi primera vez. La agarra de la mano. Caminan sin mostrarse ansiosos. Bajo el techado de autos una habitación, Rubén abre la puerta. Una mesa, una cama de sábanas blancas, pulcras. Una ventana alta pequeña. Rubén le saca la franela, ella se deshace de las tenis, cae a la cama, el chico abre el botón del jeans al mismo tiempo que la besa. Queda en sus manos el cuerpo desnudo de Zully, por primera vez visto así, por primera vez tomado así. Se aman en fuertes impulsos. Se encienden. La habitación se inunda de ellos. El tiempo es más relativo ahora, son más largos los minutos. Se amaron por una hora y 40 minutos y, sin embargo, al salir sintieron que habían estado juntos una eternidad.
La Zully que entró a la casa atendiendo el llamado de Roque sonreía, sus ojos tenían estrellas. Morena la detalló al caminar y sin que hiciera falta decírselo, lo sabía todo.
IX

¿Qué mal viento te trajo a nuestras vidas, Ernesto Morantes? ¿Quién te mandó a jodernos? ¿Cómo viniste para aparecer y llevarte todo lo que amo, lo adoro. Quitarme a la mujer de mi adoración. Tu hijo llevarse a mi pequeña, a mi Zully, a la preciosura de la casa, a la luz de mi alma, a mi alegría? ¿Qué te hice yo, Ernesto para merecerme tanto despojo, tanto desalojo? ¿Sabes que me matas, Ernesto Morantes? ¿Sabes que al quitarme a Morena me arrancas la respiración? ¿Yo qué hago sin esta casa, sin esto que llamo hogar, sin la mesa donde hubo conversas, donde reímos, donde extrañamos un miembro adicional, donde imaginamos ese varoncito que quisimos tener y que se nos pasó el tiempo y no llegó? ¿Tal vez es mi culpa, verdad? No supe, no he sabido quererla, soy tan elemental, tan simple a la hora de amarla. Debí saberlo, Ernesto Morantes, debí saber esto que hoy me derrumba para dejarme con las manos vacías, con el corazón hecho un agujero y ecos, voces, recuerdos borrándose – Eulides masticaba esas preguntas sentado en la barra de El Delfín. Medio vaso del tercer trago de Gran Reserva en hielo y una rueda de limón. Se hablaba a su interior mientras las imágenes le pasaban en fotogramas. Morena descendiendo del carro en ese vestido que la hace encantadora. Su cabellera suelta. Esa manera de caminar. En medio de una situación violenta, al borde de perder la vida cruzada a balazos sin un asomo de perder el aplomo, la seguridad. Le duele tanto haberla visto allí, le duele tanto que no le hubiese dicho. ¿Por qué el secreto?¿Por qué ocultarme el encuentro con ese hombre? – preguntas sin respuestas- Eulides en una aflicción consumidora. Apura el trago. Pide a Dios que ningún conocido llegue. Necesita estar solo. Beber solo. Toma y el licor le remueve recuerdos de Morena. Instantes hermosos se le suceden, algunos como en cámara lenta, otros en ráfagas , en todos ella le hace feliz, en todos ella le pone en la cara sonrisas. Morena vestida de novia, Morena con Zully en el pecho, Morena haciéndolo feliz en la playa cuando viajaron a Falcón, Morena dándole calor en las madrugadas merideñas, Morena sujetándolo en los escalones del Parque de Mucubají, Morena con él bajo la lluvia, Morena amándolo, Morena recibiéndolo en las tardes con Zully dando sus primeros pasos. Ni un instante, ni un segundo en el que no le hiciera feliz… únicamente ese momento que hacía poco habían vivido. ¿Por qué, por qué?. Se preguntaba. Mira el teléfono, va a las actualizaciones del pin “mi marido es mi héroe”, ha escrito, Mi Morena. Eulides le molesta leerlo.
A las 8 pm se abrió la puerta. Eulides sentado en el sofá con la misma ropa. Un vaso en la mano de El Delfín. Morena entra, se le ve cansada.
– ¿Nuestra hija, Eulis?, pregunta.
– En su cuarto, a secas.
– Me das un abrazo, un beso, querido, Moren suplicante.
– No, tajante.
– Estás molesto, tienes razones para estarlo, no te dije que saldría con Ernesto, tengo también mis razones para habértelo ocultado.
– Me has sido infiel, Morena, las palabras vienen pesadas, cargadas de dolor y lágrimas. Yo que te he amado incondicionalmente, que he dejado a un lado todo por ti, que me entregado en cuerpo y alma a ti, yo que miro por tus ojos, Morena. A mi me vienes a pagar con traición, me vienes a engañar con ¡ese!.
– Estás agobiado, Eulis, estás confundido, estás tomado, querido, así no puedes ver claramente.
– ¿¡Qué más claro quieres que vea, Morena!?, alza la voz.
– No grites, Eulis, no quiero que despiertes a Zully. Mira, Eulis, querido, mi amor, no es lo que piensas, reconozco que debí decirte de mi encuentro con Ernesto, pero,cómo explicaría lo que no deseo explicar, cómo ofrecerte algo lógico, convincente con ese detalle de ser una mentira.
– Se acabó, Morena. Eulis coloca el vaso en una mesita redonda frente a un porta retrato. Debajo de su muslo derecho hay un revólver calibre 38, corto, de gatillo níquel, lo toma, se levanta, apunta a Morena, ella le mira compasiva, se muestra imperturbable.
– Con que tienes un arma, Eulides, bien escondida debió estar para que en tantos años no la viera. ¿Tanto me odias, Eulides?. Quieres matarme, está bien mátame, pero, antes escucha la verdad. Te contaré todo, te diré eso que no podía, que no quería contarte y que es un secreto entre mi hija y yo. Me obligas a decirte lo que por amarte en el alma he callado, me obligas a hacer lo que nunca acepté, lo que pedía a Dios cada día que no supieses. Después, anda, pégame ese tiro, suelta ese disparo y ya.
– Habla, cortante.
– ¿Puedes bajar el arma?, Morena se recuesta de espaldas a una vitrina con adornos y retratos. Dos lágrimas bajan de sus ojos desamparados del delineador, su rostro se sume en una sombra. No es Morena, no es la morena de Eilides cuando deja de sonreír, cuando se seca de alegrías. Primero, Eulides escucha con atención, sin interrumpirme.

IX

¿Qué mal viento te trajo a nuestras vidas, Ernesto Morantes? ¿Quién te mandó a jodernos? ¿Cómo viniste para aparecer y llevarte todo lo que amo, lo adoro. Quitarme a la mujer de mi adoración. Tu hijo llevarse a mi pequeña, a mi Zully, a la preciosura de la casa, a la luz de mi alma, a mi alegría? ¿Qué te hice yo, Ernesto para merecerme tanto despojo, tanto desalojo? ¿Sabes que me matas, Ernesto Morantes? ¿Sabes que al quitarme a Morena me arrancas la respiración? ¿Yo qué hago sin esta casa, sin esto que llamo hogar, sin la mesa donde hubo conversas, donde reímos, donde extrañamos un miembro adicional, donde imaginamos ese varoncito que quisimos tener y que se nos pasó el tiempo y no llegó? ¿Tal vez es mi culpa, verdad? No supe, no he sabido quererla, soy tan elemental, tan simple a la hora de amarla. Debí saberlo, Ernesto Morantes, debí saber esto que hoy me derrumba para dejarme con las manos vacías, con el corazón hecho un agujero y ecos, voces, recuerdos borrándose – Eulides masticaba esas preguntas sentado en la barra de El Delfín. Medio vaso del tercer trago de Gran Reserva en hielo y una rueda de limón. Se hablaba a su interior mientras las imágenes le pasaban en fotogramas. Morena descendiendo del carro en ese vestido que la hace encantadora. Su cabellera suelta. Esa manera de caminar. En medio de una situación violenta, al borde de perder la vida cruzada a balazos sin un asomo de perder el aplomo, la seguridad. Le duele tanto haberla visto allí, le duele tanto que no le hubiese dicho. ¿Por qué el secreto?¿Por qué ocultarme el encuentro con ese hombre? – preguntas sin respuestas- Eulides en una aflicción consumidora. Apura el trago. Pide a Dios que ningún conocido llegue. Necesita estar solo. Beber solo. Toma y el licor le remueve recuerdos de Morena. Instantes hermosos se le suceden, algunos como en cámara lenta, otros en ráfagas , en todos ella le hace feliz, en todos ella le pone en la cara sonrisas. Morena vestida de novia, Morena con Zully en el pecho, Morena haciéndolo feliz en la playa cuando viajaron a Falcón, Morena dándole calor en las madrugadas merideñas, Morena sujetándolo en los escalones del Parque de Mucubají, Morena con él bajo la lluvia, Morena amándolo, Morena recibiéndolo en las tardes con Zully dando sus primeros pasos. Ni un instante, ni un segundo en el que no le hiciera feliz… únicamente ese momento que hacía poco habían vivido. ¿Por qué, por qué?. Se preguntaba. Mira el teléfono, va a las actualizaciones del pin “mi marido es mi héroe”, ha escrito, Mi Morena. Eulides le molesta leerlo.
A las 8 pm se abrió la puerta. Eulides sentado en el sofá con la misma ropa. Un vaso en la mano de El Delfín. Morena entra, se le ve cansada.
– ¿Nuestra hija, Eulis?, pregunta.
– En su cuarto, a secas.
– Me das un abrazo, un beso, querido, Moren suplicante.
– No, tajante.
– Estás molesto, tienes razones para estarlo, no te dije que saldría con Ernesto, tengo también mis razones para habértelo ocultado.
– Me has sido infiel, Morena, las palabras vienen pesadas, cargadas de dolor y lágrimas. Yo que te he amado incondicionalmente, que he dejado a un lado todo por ti, que me entregado en cuerpo y alma a ti, yo que miro por tus ojos, Morena. A mi me vienes a pagar con traición, me vienes a engañar con ¡ese!.
– Estás agobiado, Eulis, estás confundido, estás tomado, querido, así no puedes ver claramente.
– ¿¡Qué más claro quieres que vea, Morena!?, alza la voz.
– No grites, Eulis, no quiero que despiertes a Zully. Mira, Eulis, querido, mi amor, no es lo que piensas, reconozco que debí decirte de mi encuentro con Ernesto, pero,cómo explicaría lo que no deseo explicar, cómo ofrecerte algo lógico, convincente con ese detalle de ser una mentira.
– Se acabó, Morena. Eulis coloca el vaso en una mesita redonda frente a un porta retrato. Debajo de su muslo derecho hay un revólver calibre 38, corto, de gatillo níquel, lo toma, se levanta, apunta a Morena, ella le mira compasiva, se muestra imperturbable.
– Con que tienes un arma, Eulides, bien escondida debió estar para que en tantos años no la viera. ¿Tanto me odias, Eulides?. Quieres matarme, está bien mátame, pero, antes escucha la verdad. Te contaré todo, te diré eso que no podía, que no quería contarte y que es un secreto entre mi hija y yo. Me obligas a decirte lo que por amarte en el alma he callado, me obligas a hacer lo que nunca acepté, lo que pedía a Dios cada día que no supieses. Después, anda, pégame ese tiro, suelta ese disparo y ya.
– Habla, cortante.
– ¿Puedes bajar el arma?, Morena se recuesta de espaldas a una vitrina con adornos y retratos. Dos lágrimas bajan de sus ojos desamparados del delineador, su rostro se sume en una sombra. No es Morena, no es la morena de Eilides cuando deja de sonreír, cuando se seca de alegrías. Primero, Eulides escucha con atención, sin interrumpirme.

IX

¿Qué mal viento te trajo a nuestras vidas, Ernesto Morantes? ¿Quién te mandó a jodernos? ¿Cómo viniste para aparecer y llevarte todo lo que amo, lo adoro. Quitarme a la mujer de mi adoración. Tu hijo llevarse a mi pequeña, a mi Zully, a la preciosura de la casa, a la luz de mi alma, a mi alegría? ¿Qué te hice yo, Ernesto para merecerme tanto despojo, tanto desalojo? ¿Sabes que me matas, Ernesto Morantes? ¿Sabes que al quitarme a Morena me arrancas la respiración? ¿Yo qué hago sin esta casa, sin esto que llamo hogar, sin la mesa donde hubo conversas, donde reímos, donde extrañamos un miembro adicional, donde imaginamos ese varoncito que quisimos tener y que se nos pasó el tiempo y no llegó? ¿Tal vez es mi culpa, verdad? No supe, no he sabido quererla, soy tan elemental, tan simple a la hora de amarla. Debí saberlo, Ernesto Morantes, debí saber esto que hoy me derrumba para dejarme con las manos vacías, con el corazón hecho un agujero y ecos, voces, recuerdos borrándose – Eulides masticaba esas preguntas sentado en la barra de El Delfín. Medio vaso del tercer trago de Gran Reserva en hielo y una rueda de limón. Se hablaba a su interior mientras las imágenes le pasaban en fotogramas. Morena descendiendo del carro en ese vestido que la hace encantadora. Su cabellera suelta. Esa manera de caminar. En medio de una situación violenta, al borde de perder la vida cruzada a balazos sin un asomo de perder el aplomo, la seguridad. Le duele tanto haberla visto allí, le duele tanto que no le hubiese dicho. ¿Por qué el secreto?¿Por qué ocultarme el encuentro con ese hombre? – preguntas sin respuestas- Eulides en una aflicción consumidora. Apura el trago. Pide a Dios que ningún conocido llegue. Necesita estar solo. Beber solo. Toma y el licor le remueve recuerdos de Morena. Instantes hermosos se le suceden, algunos como en cámara lenta, otros en ráfagas , en todos ella le hace feliz, en todos ella le pone en la cara sonrisas. Morena vestida de novia, Morena con Zully en el pecho, Morena haciéndolo feliz en la playa cuando viajaron a Falcón, Morena dándole calor en las madrugadas merideñas, Morena sujetándolo en los escalones del Parque de Mucubají, Morena con él bajo la lluvia, Morena amándolo, Morena recibiéndolo en las tardes con Zully dando sus primeros pasos. Ni un instante, ni un segundo en el que no le hiciera feliz… únicamente ese momento que hacía poco habían vivido. ¿Por qué, por qué?. Se preguntaba. Mira el teléfono, va a las actualizaciones del pin “mi marido es mi héroe”, ha escrito, Mi Morena. Eulides le molesta leerlo.
A las 8 pm se abrió la puerta. Eulides sentado en el sofá con la misma ropa. Un vaso en la mano de El Delfín. Morena entra, se le ve cansada.
– ¿Nuestra hija, Eulis?, pregunta.
– En su cuarto, a secas.
– Me das un abrazo, un beso, querido, Moren suplicante.
– No, tajante.
– Estás molesto, tienes razones para estarlo, no te dije que saldría con Ernesto, tengo también mis razones para habértelo ocultado.
– Me has sido infiel, Morena, las palabras vienen pesadas, cargadas de dolor y lágrimas. Yo que te he amado incondicionalmente, que he dejado a un lado todo por ti, que me entregado en cuerpo y alma a ti, yo que miro por tus ojos, Morena. A mi me vienes a pagar con traición, me vienes a engañar con ¡ese!.
– Estás agobiado, Eulis, estás confundido, estás tomado, querido, así no puedes ver claramente.
– ¿¡Qué más claro quieres que vea, Morena!?, alza la voz.
– No grites, Eulis, no quiero que despiertes a Zully. Mira, Eulis, querido, mi amor, no es lo que piensas, reconozco que debí decirte de mi encuentro con Ernesto, pero,cómo explicaría lo que no deseo explicar, cómo ofrecerte algo lógico, convincente con ese detalle de ser una mentira.
– Se acabó, Morena. Eulis coloca el vaso en una mesita redonda frente a un porta retrato. Debajo de su muslo derecho hay un revólver calibre 38, corto, de gatillo níquel, lo toma, se levanta, apunta a Morena, ella le mira compasiva, se muestra imperturbable.
– Con que tienes un arma, Eulides, bien escondida debió estar para que en tantos años no la viera. ¿Tanto me odias, Eulides?. Quieres matarme, está bien mátame, pero, antes escucha la verdad. Te contaré todo, te diré eso que no podía, que no quería contarte y que es un secreto entre mi hija y yo. Me obligas a decirte lo que por amarte en el alma he callado, me obligas a hacer lo que nunca acepté, lo que pedía a Dios cada día que no supieses. Después, anda, pégame ese tiro, suelta ese disparo y ya.
– Habla, cortante.
– ¿Puedes bajar el arma?, Morena se recuesta de espaldas a una vitrina con adornos y retratos. Dos lágrimas bajan de sus ojos desamparados del delineador, su rostro se sume en una sombra. No es Morena, no es la morena de Eilides cuando deja de sonreír, cuando se seca de alegrías. Primero, Eulides escucha con atención, sin interrumpirme.

FinLa vida no trató con equilibrio a Zully. El amor le causó más tristezas que alegrias, sin embargo, a los 50 años encontró un poco de paz con el agravante de que sus recuerdos le confundían, sobreponía pasado y presente, sufría de lapsus, de pronto miraba hacia otros tiempos y se quedaba allí suspendida en el ayer. Su marido, el hombre que la amó, su primer y único amor ya no estaba. Esta vez, Rubén, no se había marchado a México, esta vez, Rubén iba en el cortejo de su entierro a reposar para siempre en el campo santo. ¿Quien iba a pensar que habiendo superado los más grandes peligros muriera encendido en fiebre, con los bronquios infectados, sin defensas en la sangre?
– Me diste hijos, Rubén, me diste los mejores años de mi vida. Te perdoné la ausencia, haberme dejado embarazada, haber tenido que enfrentar sola tantas cosas, pero, te perdoné cuando te vi llegar, supiste compensarme quedándote a mi lado aunque fuesen pocos años, Zully se decía para sus adentros mientras se dirigían al cementerio. Al pasar por la arboleda en dirección a Jardines La Chinita los pensamientos le jugaron de nuevo trampas, no sabía si iba a sepultar a su padre, Eulides o a su marido, Rubén.
. ¿Cuántos años tenía papá, madre?
– 57 hija, dos más que Ernesto ¿cierto, querido?
– Si, era mayor que yo dos años. Ernesto sin barba, sin bigotes, el rostro despejado, entradas hacia una calvicie indetenible, unas líneas de expresión asomadas en los lentes de marca, su fragancia a Tommy, los puños blancos, el traje gris, la mirada ausente. De familia en el mundo tenía a Morena, yZully y sus nietos. Su esposa en una tumba en Colombia y ahora su hijo en una tumba en Venezuela compartiendo la eternidad con un gran hombre, Eulides Terán quien le había salvado la vida, sin saber que él había robado la suya. Morena acusaba una edad que le hacía imponente, esa es la palabra, una señora imponente, llevaba traje negro cerrado al cuello y una sombrilla.
– Mi pobre viejo, Zully en pesar hondísimo. Murió creyendo que tu migraña era un cáncer, madre. ¿Cómo pudiste ser tan cruel?
– Zully, hija no me vengas con reproches a estas alturas. Eso fue pasó hace tantos años que todos lo hemos olvidado. ¿Qué, hubieses preferido que Eulides me pegara un tiro, que Eulides me matara aquella noche? Gracias a Dios se me ocurrió esa historia convincente y la vida continuó para todos.
– No para él madre, mira que lo llevamos a enterrar.
– Hija, Eulides murió hace 5 años, vamos a enterrar a Rubén. ¿Recuerdas?
– ¿Sabías que días después encontré entre el espaldar y el asiento del sofá la pistola de papi? La escondía justo allí. ¿Y sabes madre? Nunca estuvo cargada, nunca le puso balas. Esa noche mi viejo solamente quería escucharte la verdad o la mentira algo que le permitiera justificar tu traición, algo que le permitiera tragarse su orgullo, su vanidad, su hombría para seguir contigo, para seguir juntos. Mi padre no podía matarte porque eras la luz de sus ojos y eras su propia vida. Si te mataba ¿qué vida tendría? Por igual mi padre amaba la vida y me amaba a mi. Prefería creer tus mentiras, aceptar tus infidelidades pero no perderte ¿o a caso crees que le engañaste?.
– Podemos conversar sobre el tema en otra ocasión, Ernesto carraspea para interrumpir, añade, llevamos a su última morada a mi pequeño, Rubén. Hacen silencio.

Zully vieja apaga los televisores en los cuartos. Va a la sala y mira la foto donde Eulides, Ernesto, Rubén, Rebeca y ella comparten aquella noche. Estamos igualitos dice a su gata Celia. Apaga la luz y va a dormir a su habitación vestida y con tacones altos. La mesa servida con velas largas y rojas, un corazón flota con un I love en letras de mano. El vino a la mitad.
– Tuvimos una linda noche del amor y la amistad ¿verdad?, dice a una casa vacía, a una mesa de comedor con las sillas vacías. Que tengan buenas noches, Rubén no tardes, te espero en la cama. Bendición, papá.

(Fin)
Josué Carrill0

Esta noticia ha sido escrita por

noticiaaldia.com – en Noticias Venezuela.

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